El chamán nos guía a través de la espesa selva, nos guía a través de los tumultos que existen en nuestro interior.
Nunca jamás volverá a existir alguien justamente como tú, le dice el chamán al joven mientras este lo mira con miedo y ansiedad, tan tranquilo, pero tan nervioso.
El humo que sale de la fogata no es verde ni azul, pero asemeja al mar lejano, el que ves desde esta selva y de alguna forma lo ves mejor en el humo mismo, el joven se da cuenta de eso sin siquiera ver el mar, el ya lo ha conocido en su inmensidad.
Los cantos se confunde con el sonido de las aves, el jaguar se escucha al fondo, caminando, es el propio silencio el que lo identifica y da nacimiento a los propios sonidos, entonados por el chamán que canta y baila, conversando con los dioses que le rondan, y le rondan a nuestro joven, tan joven, pero no lo suficiente para estar jugando en este momento.
La infancia pasa tan rápido, pero nunca termina si no la has vivido cuando corresponde, el joven entiende esto y sabe que jamás dejará de ser un niño, pero que cuando salga de esa cueva en que se encuentra será un hombre adulto, responsable y un guerrero del jaguar.
Las plantas sagradas se hacen presente en la infusión, el dios del innombrable cacto los mira desde adentro y las setas bailan en el estomago del joven.
Se ha ido, llora y grita, la risa es terrible y todo en un segundo, las puertas del joven están abiertas y el chamán canta con exacerbado ímpetu, las nubes esclarecen y un ave hace callar a todas las demás, el wirapuru.
El silencio lo despierta, jamás pensó que la realidad fuera de tal forma, tan curiosa y con colores que no existían ni existirán jamás para la mayoría, que tristeza.
En la cueva ronda una bestia, lo asecha y lo persigue si él trata de huir, pero comprende que mientras más escape de ella más fuerte se vuelve el miedo, y ella misma es el mismo miedo.
No correré, ni por ti seré engullido, pero me quedaré aquí sentado – Esa fue su resolución, y así sucedió – A medida que camino, me contemplo a mi mismo, sentado como muerto, como silbido profundo, de los que hacen eco y terminan de a poco, así mismo me encuentro, sentado frente a mi mismo, pero no tengo miedo y me acepto a mi mismo.
Fue un abrazo impresionante, y comprendió como fue el primero, y el final, y ya no miraba al chamán con los mismos ojos, pero con nostalgia y felicidad contemplaba el nuevo día.
El dolor fue tan profundo y calmado que la muerte se hizo presente y desde ahora jamás le dejaría, y ahora que la muerte vagaba consigo ya jamás se preocuparía. El mismo emerge renacido de la oscuridad y es su propia luz y camino, su nuevo nombre le ha sido dado por la voz del destino y se ha manifestado hasta en el aire y el suspiro. El chamán lo saluda y aun sus ojos evitan señalar lo obvio, pero el joven comprende, aquel que ha atravesado esas puertas jamás vuelve a ser el mismo, jamás.
De esa forma nacían los guerreros de antaño, y poco tenían que ver con la muerte si no se trataba de ellos mismos.
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