Miguel guardaba sus secretos en dos lugares. En su conciencia, por supuesto, que ya aguantaba poco o nada, y en una gastada caja de zapatos. La última vez que lo vi, la conciencia y la caja habían cambiado papeles, y Miguel tenía los ojos de cartón sepultados bajo una nube de años que lo hacía ver muy niño. Cualquiera hubiese pensado que el pobre era un drogadicto, o simplemente uno de esos que no saben que partes de su cerebro usar en cada momento., pero simplemente era el peso de los años por venir, las mujeres por dejar, los vasos que vaciar y los hijos que engendrar. Pobre Miguel, ahí sentado en su cama viéndose pasar a sí mismo y pretendiendo para mí que vivía ignorante. Yo no sabía que decirle, así que simplemente le dije que se vistiera rápido y lo invité a unas cervezas. Como siempre, aceptó a condición de que no fueran cervezas, sino vino. Era inentendible como era capaz de preferir un mal cabernet tibio a una cerveza helada en días así, pero ese era Miguel, y yo creo que la razón estaba perdida en la caja de zapatos. De cualquier forma, ese día no fue un mal cabernet, fueron tres, y Miguel como si nada me dijo:
- Quiero que tengas la caja de zapatos.
Yo hice como que no entendía. A esas alturas ya me parecía que la locura que envidiabamos en Miguel se estaba transformando en una demencia que lo iba a inutilizar. ¿Que diablos iba yo a hacer con un montón de...? ¿De qué? Sólo entonces me percaté de que en veinte años de conocer a este tipo, jamás me había enterado de lo que guardaba en verdad la caja. Me puse curioso.
- De verdad, Rodrigo, quiero que tengas la caja.
- ¿Qué caja?
- Mi caja.
- A mi no me interesa esa huevá. Regálasela a una mina.
- No puedo. Sólo tú. Tu regálasela a una mina si quieres. Pero yo te la tengo que dar a ti.
- ¿Qué hay en la caja?
- Dijiste que no te interesaba.
- ¿Que hay en la caja? - no iba a discutir estupideces.
No me dijo nada. Se levantó de la mesa, llevándose la copa en la mano, y se devolvió a su casa. Yo me quedé para pagar el vino. Salí del local y vi la caja ahí, frente a la puerta, cubierta con una capa de polvo que parecía un muerto. Miguel no estaba. Quizás ya estaba muerto, quizás ya estaba lejos, quizás me estaba espiando desde la esquina para ver que hacía. Quizás estaba con una de las tantas putas que ya no le cobraban. La verdad es que no me acordé de él. Tomé la caja y me senté ahi mismo en la acera. Era muy liviana. La vida de Miguel era muy liviana, al parecer, como si estuviese hecha de de esas pelusas grandes que llaman cartitas. Abrí la caja.
Adentro estaba la copa, quebrada en cientos de pedacitos, y con el vino o la sangre de Miguel todavía manchando el cartón de rojo, y de mi amigo ni rastro. Se habia bebido sus recuerdos con tres botellas de cabernet malo.
29.11.08
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