16.11.08

Espía Soviético II

2

Vincent Vaima salió del Aberdeen’s con las manos en los bolsillos, sintiendo la suave textura de la heroína que acababa de comprar. La tarde estaba poniéndose helada. Se detuvo frente a la vitrina de una tienda de antigüedades, observando una de esas viejas radios a tubo que le recordaban el sol calcinante de un Mississippi que ya no existía, la casa junto al río, los campos de algodón llenando la vista en todos los puntos cardinales, y su padre, sentado junto a la puerta, armando un cigarro mientras la radio transmitía algo de un país muy lejano, de ejércitos rojos que avanzaban sembrando el terror, de un rey que había sido asesinado a sangre fría, la gente que corría asustada y el fantasma del comunismo que se imaginaba como un señor alto y muy delgado, de bigotes muy largos y siempre sonriendo. Por las noches todas las sombras de su pieza adoptaban su forma; las curvas sinuosas de su cara, muy larga y afilada, aparecían en todos los rincones, sonriéndole con sus dientes de oro, de oreja a oreja.
-¿Sr. Vaima?
-El mismo.
-Venga conmigo.
El tipo era un viejo chico, de sombrero y sobretodo, que no miraba a los ojos. Contrastaba con la altura exagerada de Vaima, los brazos largos que lo hacían parecer deforme, los ojos claros, casi sin pupila, y la cabeza rapada.
Lo siguió por la avenida casi vacía durante mucho rato, el viejo no lo miraba y no le decía nada, parecía haber olvidado su presencia, algo que Vaima no podía soportar. Por fin el viejo se detuvo en un parque, junto a una cancha de baloncesto donde había un hombre sentado en la banca. Apenas los vio llegar, se levantó y fue hacia ellos.
-Este es el señor Bolt. Colaborará con usted en el asunto.
-Mi nombre es Vincent Vai…
-Ya sé su nombre –dijo el sr. Bolt. Era un hombre imponente y tenía una voz grave y profunda-. ¿Sabe en lo que se está metiendo, sr. Vaima?
-Sí, ya se lo explicamos –se apresuró a decir el viejo chico-. El sr. Vaima no tiene entrenamiento, tiene un largo historial de narcotráfico, es adicto y padece de acromegalia. Pero es un genio militar. Hace poco atrapó a dos espías rusos en el aeropuerto por sus propios medios.
-Que gran americano –se burló Bolt.
-Bueno, vamos al grano –el viejo sacó una foto de su bolsillo-. Esta mujer es Nadia Davidova, alias Jane O’Toole. Es una espía rusa. Se hace pasar por bailarina del Babylon´s y vive en la avenida Rochester 5350W, en el 39 del edificio 5.
-¿Qué quiere que haga? – preguntó Vaima.
-Síguela. Conócela. Averigua algo sobre ella. Nos es más útil que se mantenga convencida de que aún no ha sido descubierta. Tú sólo síguela. El sr. Bolt se encargará de todo lo demás.
-Esta es la dirección de mi oficina –Bolt le alcanzó un papelito-. Espero verlo pronto por allá.
-Confíe en el sr. Vaima. Es de los mejores.
-No confío en la gente del sur.
Vaima advirtió que ambos lo miraban fijamente, con una mueca cínica en el rostro.
-Bueno, puede irse, amigo –dijo el viejo chico-. Si necesita algo, vaya a lo de Bolt. Si yo le necesito, sé donde encontrarlo.

Vaima se alejó por uno de los callejones traseros del parque. Desde algún lugar llegaba una música tenue, como desde el fondo de la tierra, una música de trompetas, de dedos oscuros que se prolongaban sobre el marfil, llenas de swing. “El Cimarrón” se leía junto a unas escaleras que llevaban a una estancia subterránea. Vaima se quedó un rato junto a la entrada, escuchando. “Música de negros” pensó y desapareció en el callejón.

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