15.11.08

especial de deglución

El fauno y el súcubo

Mientras hablaron no se dijeron nada, pero utilizaron muchas palabras. La miraba intrigante, pero ella esquivaba los ojos y fingía no haber visto nada. Reía y comenzaba inmediatamente a hablar de algo sin importancia, como para matar ese silencio en el que se tejían insinuaciones. Apenas se le consumió el cigarrillo, corrió hacia adentro a terminar su trabajo, como si fuera cosa de vida o muerte. Él, entonces, subió a su habitación y sacó su pequeña flauta de su estuche de cuero. Comenzó a tocar una melodía tenue y enajenadora, prolongando las notas, llevándolas hasta el infinito, unas a otras se superponían mientras unos pies, ya desnudos, hacían crujir los peldaños de la escalera, todo era una única música, se fundían en una misma melodía llena de armonía, el canto de la flauta, sus pechos desnudos, sus ojos desorbitados. Cuando apareció en el rellano, ya se había soltado el cabello, su camisa se deslizaba por sus brazos en una plácida lucha por desvestirse, y en los peldaños iba quedando una pila de cadáveres, blue-jeans, calcetines, un suéter verde de algodón. Llegó al umbral con los ojos blancos y sin expresión en la cara, lo tomó del cuello con una gran violencia y una sensación le recorrió los labios. Él sintió que se hundía y se hundía, caía hacia otro lugar, hacia una especie de superficie blanda que no aguantaba su peso, pero que se estiraba hasta el infinito; se estaba perdiendo entre la piel de esa mujer abismal, poco a poco, hasta que finalmente sus muslos se lo terminaron de tragar, sin dejar rastro.

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Oficinista en su tinta

Está somnoliento en su oficina, archivando los últimos recibos del día, revisando los últimos correos e imprimiendo un pagaré que le han pedido que dejase sobre la mesa antes de que se vaya. A través de las persianas del tercer piso observa la ciudad sumida en su último y placentero ajetreo de las seis, cuando las calles, los metros y los cafés se llenan de gente cansada que vuelve victoriosa de la diaria odisea, mientras la impresora emite su vocecita frenética y la hoja se va llenando de caracteres. Observa a las secretarias caminando en pareja hacia los paraderos de la micro, a los ejecutivos conversando en alguna banca con los maletines sobre el regazo, a algún bohemio que camina solitario en una realidad distinta, todas las cosas en su cotidiano equilibrio y la satisfacción, mientras la impresora comienza a escandalizarse de un modo poco común, la hoja se arruga dentro de sus fauces y la máquina traga un par de hojas en completo desorden y comienza a vociferar descontrolada, a saltar sobre el escritorio, mientras las hojas, una tras otra, van ingresando y saliendo, desahuciadas, con una infinidad de aberraciones de tinta en ellas. Comienza a apretar botones indiscriminadamente, mueve el ratón y clickea una y otra vez, pero la impresora no deja de tragar y escupir hojas, como si fuese una aterradora matriarca pariendo vástagos deformes y llenos de miembros absurdos, hasta el punto en que sus convulsiones se vuelven apocalípticas, la oficina entera tiembla y se dibujan surcos amenazadores en las paredes. No hay nada que hacer, está desesperado, ha desenchufado el aparato pero no ha servido, y ya las ventanas se están trizando, observa hacia fuera pero todo sigue igual, allí están las secretarias debajo del paradero, los ejecutivos riendo y gesticulando, el bohemio fumando frente a una vitrina. Corre hacia la impresora y trata de contenerla con sus brazos, pero la fuerza animal de sus convulsiones lo arroja hacia un rincón y se queda ahí, cubriéndose el rostro, observando con impotencia a la gigantesca máquina que va hacia él, paso a paso, con sus fauces muy bien lubricadas.

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Cementerio de Trenes

Mi nombre es Gastón Gómez Gómez, 39 años, tengo sobrepeso y estoy cesante. Lo que me ocurrió en aquel nefasto día aún parece muy cercano; el recuerdo no deja de perseguirme y no sé a ciencia cierta si será la paranoia que me ha carcomido en los últimos días o si realmente alguien me vendrá a buscar pronto y me llevará ante su terrible presencia… Pero no puedo perder el tiempo especulando, pueden venir de un momento a otro. Mejor será relatar lo que vi de la forma más precisa posible. Fue en la madrugada del pasado 3 de Junio. Como había tomado el antigripal nocturno esa mañana por equivocación, en la segunda estación ya había comenzado a cabecear y en la tercera ya me había dormido. Cuando desperté vi que ya habíamos llegado a la estación terminal y que el tren estaba desierto. Las puertas se cerraron antes de que pudiera salir y el tren comenzó a moverse. Al comienzo me desesperé, pero luego pensé, en mi ignorancia, que el tren estaría unos momentos detenido y que luego reiniciaría la ruta en sentido opuesto. Pero no fue así. El tren comenzó a cruzar unas cavernas extrañas y desoladas; corrí hacia el primer vagón y golpeé la pared para llamar la atención del conductor, pero no me escuchó. Comencé a sudar profusamente y rápidamente me puse a especular destinos fatales, pensé que nunca volvería a la superficie. Pero el tren se detuvo y el conductor descendió. Me sentí aliviado y le grité para que me abriera la puerta, pero tampoco escuchó. Pensé que se estaba burlando de mi condición y me enfadé; comencé a golpear con fuerza la puerta y a chiflar, pero nada cambió. De repente toda la máquina se estremeció, como si hubiera estornudado. Entonces vi que el conductor volvía con un látigo y azotaba al metro, y que este reaccionaba retorciéndose grotescamente. Las paredes se movían en ondas sucesivas, como producto de una extraña deglución. Lo siguiente que vi hubiera llevado a cualquier hombre cuerdo a la locura: de la oscuridad salía una serie de funcionarios del metro empujando jaulas con hombres adentro, escoria de todo tipo, borrachos, vagabundos, orates y viejos. El procedimiento era el siguiente: un individuo era sacado de la jaula y arrojado a la bestia, la que, al ver su diminuta comida revoloteando y gritando en su gigantesco plato, arremetía con una especie de terrible compulsión y lo atrapaba en sus fauces. Uno tras otro eran arrojados los hombres al plato y cada vez que la bestia tragaba se sentía una gran actividad digestiva dentro del tren y yo no podía mantenerme parado. Cuando el metro pareció satisfecho, los funcionarios retiraron la jaula y llegó el hombre del látigo a azotar a la bestia para que se pusiera en marcha. Ésta ronroneó muy fuerte, dio media vuelta y se detuvo en el otro andén de la estación terminal. La gente subió al metro, algunos charlaban sobre cosas sin importancia, otros escuchaban música o simplemente pensaban en algo muy distante, ¡Pero nadie sabía lo que yo sabía! Sentí repulsión por todos aquellos seres ingenuos que pululan tranquilamente en las estaciones de metro sin saber cuál es el combustible que mantiene en funcionamiento a esta gran máquina de mierda que tarde o temprano nos va a aplastar. Somos nosotros. ¡Dios mío, somos nosotros!

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ché

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