Caminaba algo cojo, su herida no había sanado y su hambre hacía eco en toda la cueva. No había podido salir últimamente, los días estaban nublados y en la noche el frío era infernal. Le parecía un mal chiste ¡Él no podía salir! ¡Él no podía disfrutar del sol! ¡Malditos humanos!
Pero eso no importaba, nada de eso importaba, porque desde hace medio día los estaba escuchando, “nos quedaremos aquí” decían, “parece un buen sitio” se decían, como para autoconvencerse de que no había nada malo, ningún peligro. ¡Ja! Pero sí lo había y ahora iban a darse cuenta de lo incautos que habían sido. “Meterse en estas cuevas…¡¿Acaso no vieron la señal?!” La señal, por supuesto, los humanos ya no la diferenciaban de marcas azarosas en las rocas, ¿Por qué eran tan estúpidos? Bueno, no importa ya pensaba él, de todas maneras era su oportunidad, con lo débil que estaba no podía enfrentarse a ambos pero había una solución, los había estado acechando por un par de días y sabía que hoy antes de partir el mayor se iría a buscar alguna ruta para irse pronto ¡Esta era su oportunidad! No podía desperdiciarla.
La voz, horrible y gutural combinada con siseos constantes es difícil de transcribir con caracteres humanos, creo que lo que decía constantemente sonaría como algo así:
-Sshriaschriaks! – y lo repetía constantemente, pero para que ustedes puedan entenderlo escribiré cada palabra de ese horrible y misteriosos idioma en español. Continuemos.
-¡Morirán! ¡Morirán! – Ya no lo decía para sí, pero su voz resonaba por toda la caverna, ya no le importaba avisar a sus presas su presencia, sabía que el más peligroso se había marchado. “Volveré en unas cinco horas, duérmete” había dicho, y sólo quedaba el pequeño, solo y con miedo en una cueva en la que terminaría su vida. Solo en un agujero perdiendo su alma.
Poco a poco iba acercándose, había dejado de caminar ahora era una carrera contra el tiempo, hace tanto que no comía y ahora frente a él, en este preciso momento un pequeño bulto de carne bien alimentado durmiendo descuidadamente, con sus cabellos negros apoyados en la roca y su piel morena protegida del frío con una manta de lo que podría ser lana de alpaca. Además viene con accesorios, un paso, luego otro y estaba frente a frente, a menos de dos centímetros, abrió grandes sus fauses y…
-AHHHHH! – un grito de dolor. Podía sentir el sabor de sus presa en su lengua, la textura de sus negros cabellos en su boca sin labios, todo aún tibio. Pero no fue así, eso solo era su ansiedad. Cuando se dio cuenta estaba con la boca destrozada contra el piso y le era imposible moverse.
- Todo bien hermano Gabriel – respondió una vocecita dulce, no había rastro de miedo en ella- ¡por un momento pensé que no venías!
- ¿Enserio? ¿Por qué? ¡Aaaah! ¡no es justo! – miraba al cielo y sonreía mientras decía esto – dime ¿cuándo te he fallado?
- Ja ja ja, olvídalo hermano, ¡estaba bromeando! – se rieron y dijo finalmente el pequeño Cristóbal - ¿Vas a dejarlo ahí?
- Ah, no. Lo olvidaba.
Limpió un cuchillo que relucía y lo guardó en una funda de cuero y se acercó al cuerpo. Pasó por encima evitando pisarlo, acercó su rostro al del lagarto y susurro: ¿Sorprendido Supay, o debería llamarte Chitauri? Esta última palabra pareció enfurecerlo a la vez que darle fuerzas, un terrible chillido salió de su boca, estaba como loco, sus ojos realmente brillaban y de su boca se asomaban llamaradas.
- ¡No te atrevass a pronunsciar esse nombre sssimio ssucio! – El chillido seguía saliendo de su boca mientras decía esto, y a lo lejos dentro de La cueva podía escucharse levemente una respuesta. Esto no estaba bien.
- ¡¿Cuántos miserables como tú hay en esta cueva?! – La voz de Gabriel ya no era la misma de antes, ni su rostro tampoco. Sus pupilas se habían dilatado completamente sus ojos eran como dos agujeros negros de los que nada escapaba y su piel se había vuelto como el metal, hasta sus uñas habían crecido de repente.
- Ssuficientess para acabarteee! – esas fueron sus últimas palabras antes de dar su último chillido, bastante más agudo que el anterior y bastante más lúgubre. El cuchillo de Gabriel le había destrozado la garganta y ahora se preparaba para atacar a los demás monstruos.
- ¡Cristobal! ¡toma esto y escondete!
Chillidos, uno tras otros, tres tonos distintos ya podía ver uno acercarse. Lanzó rápidamente un cuchillo pero el primero lo esquivó. El segundo no tuvo tanta suerte, le llegó en un ojo, pero no por eso dejó de avanzar. Todo mal, parecían cada vez más enfurecidos. El tercero era mucho más grande y con cuernos, rápidamente se acercó a Gabriel hasta estar frente a frente y exhaló su desagradable aliento antes de girar rápidamente y botarlo con su cola. Este último era muy diferente que los otros, más grande, rápido y fuerte, su color era blanco y no verde como los otros tres. Un príncipe y sus esclavos. La cosa se ponía interesante.
Estaba en el piso, tenía que pensar rápido ¡No! No había tiempo para pensar, rápidamente se revolcó y se levantó blandiendo una espada y dando un giro, pudo ver por el rabillo del ojo que el príncipe había desaparecido y un par de lagartos se acercaban peligrosamente. ¡Maldición! ¡¿Huyó?! No podía verlo, al menos no ahora, sabía que si forzaba sus ojos no había nada que pudiera ocultarse pero no tenía ganas de quedar agotado, aunque el premio lo valía. Mientras divagaba una garra tan afilada como el acero rozaba su cuello y por menos de un pelo no había muerto, estos malditos son rápidos, tengo que terminar con esto. Gabriel tomó su cuchillo mientras se agachaba y rápidamente con los reflejos de un gato lo clavó fuertemente en el vientre de uno de los lagartos e impulsó el cuchillo hacia arriba con ayuda de la otra mano. Fue una muerte rápida, pero nada agradable. Quedan dos.
Se dio vuelta y no había nadie. No podía oler nada, habían ocultado su presencia, ¿serán como los camaleones? pensaba él, estaba perplejo. Avanzó con cuidado y se acordó ¡Cristóbal! Miró y fue un alivio, seguía ahí, de todas formas se acercó para ver si estaba bien. Sigilosamente se acercó sin mirar el lugar donde estaba su hermano para no llamar la atención y al girar para ver si estaba todo despejado, un golpe en la espalda que lo derribo, giró con dificultad y algo aturdido, ¡bajo la manta había un lagarto! La desesperación comenzó a llenarlo. Suficiente, pensó, se paró rápidamente y esquivando un golpe del lagarto y limitando su brazo apretándolo fuertemente contra su torso, recibió un arañazo que por poco le corta la aorta pero si hubiese intentado esquivarlo no habría agarrado al lagarto por el cuello. De pronto un gran luz salió de las manos de Gabriel y el cuello del lagarto era ahora negro, estaba completamente quemado.
No había ningún ruido, esto le molestaba, tendría que recurrir a sus ojos. Gabriel destapó su oscuro poncho y dejó ver un cinturón con varios saquitos, tomó uno de entre todos y sacó lo que parecía una piedra extremadamente negra, era del tamaño de una perla pero no era completamente esférica, guardó el saquito y llevó la piedra a su boca, pero no se la tragó sino que la guardó bajo su lengua, se sentó y esperó.
Afuera el viento creaba sus melodías como siempre y podía escuchar algunos roedores moviéndose en busca de insectos, a estos también los escuchaba, cada vez más, hasta que fue capaz de percibir sus pasos y el sonido que hacían sus cuerpos tan sólo por vivir, estaba listo. Se levantó y cuando abrió los ojos no era el mismo. Ya no tenía la pupila completamente dilatada, de hecho no tenía ni pupila ni iris, ni nada, sus ojos eran completamente blancos, estaba totalmente ciego, no podía ver nada y sin embargo lo veía todo. Los ojos te limitan, cuando realmente puedes percibirlo todo es cuando estos desaparecen.
Sentía como todo su cuerpo vibraba, como si estuviera a punto de difuminarse entre el espacio era como si fuese resultado directo de dos corrientes, ahora mismo el era como el rayo. Avanzó sin miedo y caminó hacia adentro de la cueva y comenzó a correr.
Un brazo enorme lo envolvía y estaba tan paralizado que no podía hacer ni el más leve ruido ¿habría sido la mordida? ¿Moriría envenenado? Y si no era así ¡¿Moriría de todas formas?! ¡¿Gabriel donde estás?! Comenzó a llorar. El príncipe se movía sin hacer ruido, era un maestro del sigilo, sin duda no era como los otros tres, este era extremadamente eficaz y eficiente no hacía movimientos que fuesen necesarios pero a pesar de su sangre fría estaba aterrorizado, completamente aterrorizado no podía dejar de correr, no recordaba cuando había sido la última vez que se vio tan amenazado por un depredador. A su mente llegaban recuerdos de cuando había sido abandonado en ese desierto, pequeño y sin fuerzas tan solo con sus hermanos los cuales nunca le desobedecían. Hazte fuerte le habían dicho, sí, esa vez fue, con su padre, fue la última vez que había tenido tanto miedo, esa vez había comenzado a correr, no para encontrar lugar, pero por la mirada de su padre, era terrible.
Había corrido durante un rato y sentía que era suficiente, hora de ocultarse, ya no había nada de luz, ningún humano, por fuerte que fuera podría encontrarlo, el olor de los minerales ahí era tan fuerte que lo ocultaban a él y a su pequeña presa y las gotas de agua cayendo combinadas con el eco confundirían a cualquiera, de verdad era un lugar para volverse loco. Su casa.
Gabriel seguía corriendo, ¡lágrimas! debe ser Cristóbal –pensó. Siguió corriendo pero tomó otro brazo de la cueva, parecía más largo pero su velocidad también era mayor, o al menos eso esperaba. Siguió corriendo durante un rato y cambió de dirección, dobló y se escondió en un agujero en lo que parecía ser una habitación y ahí se quedó. No tuvo que esperar mucho, momentos después llegaba el príncipe, sigiloso como siempre dejó al niño en un pequeño escondrijo y comenzó a tantear la pared, pero antes de que alcanzará a tocar lo que quería se quebró. Un cuchillo que apenas pudo atravesar su resistente y escamosa piel lo tomo desprevenido por el costado izquierdo y comenzó a sentir una leve corriente que llegaba a su garganta, se quedo quieto, no respiró y poco a poco giró su cabeza casi ciento ochenta grados para ver a su verdugo. Su rostro no era como el de antes, ahora era oscuro, casi azul, sus ojos completamente blancos comenzaron a cambiar paulatinamente hacia un púrpura y del centró nacía una pupila como una explosión estelar; el cabello artificialmente rojo de su verdugo era ahora del color de sus ojos y su boca era completamente negra; su piel estaba cubierta por una extraña e indescifrable escritura parecida a la jeroglífica ¡y de algunas figuras salía luz!
- ¿Quién eresss? ¿Por qué?- preguntó, su voz era orgullosa como la de un gran príncipe y aunque ya se había resignado a morir no parecía para nada temeroso, tan sólo maldecía a su padre, a su padre y a su verdugo, que en este momento para él no existía diferencia entre ellos.
- Un dragón – respondió en la misma horrible lengua – es normal que coma lagartijas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario