24.12.08

Bus al Norte

Antes de dormir, confío en que despertaré vivo y me pregunto ¿tanto miedo tengo de morir? Por supuesto que sí, pero estoy feliz. Cierro el libro de Dragones de ensueño y pienso, pienso en no pensar y duermo, y sueño, sueño que vivo en el sueño. Cuando despierto me recibe la camanchaca, esa que alimenta los pueblos perdidos, esos que no tienen agua y que se contenta con la bruma, es camanchaca que desde la cordillera se como un mar entre las olas petrificadas de la cima de los cerros, esa camanchaca, la que ha matado tanta gente en la curva del diablo camino a Chañaral, mi querida camanchaca.

Entre las brumas el bus avanza sin miedo y el conductor parece acostumbrado, ¿Por qué no ha de estarlo? Comienzo a acercarme a mi destino.

Pronto paso por Copiapó y el bus pasa tan cerca de la casa de mi abuela que me dan ganas de saltar por la ventana y darle una sorpresa, pero no lo hago, no lo hago porque para cuando dejo de fantasear con el rostro de mis pequeños primos voy nuevamente camino en el desierto ya llegando a Inca de Oro, y veo ese pueblo que no es más que una calle en medio del desierto, con un par de negocios y un restaurante para los viajeros. Los pirquineros nos miran al pasar y pienso que el alicanto aún les ayuda al trabajar.

“Well oh baby, my hair its all end about you…”

La música calma los pensamientos mientras descansamos y nos dejamos llevar por las vibraciones del pasado que nos trae cada nota musical.

Voy subiendo la cuesta de llanta y veo el pueblo que alguna vez en flor de juventud ahora se encuentra en ruinas, lleno de fantasmas del pasado y ecos que se pierden en oídos sordos, oídos que han olvidado escuchar las sombras que no ven los ojos.

El sol ya calienta la tierra cuando me bajo y si no fuera por esa brisa cordillerana no me sentiría tan feliz de estar bajo un cielo completamente despejado. Pienso que el sol es como una lupa por la que nos miran, la luz de un microscopio y que es el único agujero del cielo pero hay tanta luz fuera de nuestro cascaron que nos encandilamos al asomarnos.

No bien me bajo caras conocidas hay por doquier y me pierdo en el abrazo de mi madre antes de llegar a casa y saber que a pesar de lo mucho que quiero descansar me esperan días agitados, como me gustan a mí, de esos que nunca paran.

Nunca para, nunca para, pero entonces para, y después de un día de sorpresas que ante mis ojos es una gran película donde el cielo me parece el escenario principal y me ayuda a acceder a la inmensidad del universo para sentirme tan pequeño como soy y pasar buenos momentos con la gente que quiero compartir y que disfrutan de estar ahí conmigo, recordando y planeando y simplemente viviendo y riendo, comprendo cuando miro al cielo que somos como topos, de noche vemos miles de soles de día estamos ciegos y a nadie le gusta encandilarse. Muy tarde, el frío que no recordaba cala en mis huesos y hora de dormir, la vida no se acaba hasta que se acaba y mañana es otro día. Buenas noche señor de la muerte.

No hay comentarios: