5.12.08

La mujer gorda

para el ojo atento, en esta parafernalia estan las claves del exito para el examen de mañana...

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Los que saben, saben. De todas maneras no hay muchas cosas que hacer por estos días. La mayor parte del tiempo me la paso pensando en dos personas. Una de ellas soy yo. El resto del tiempo sólo dan ganas de agarrar las pilchas y mandarse a cambiar. Antes tenía un sueño recurrente: estaba caminando muy tarde por la ciudad, todos los negocios estaban cerrados y en las calles no había ningún cristiano. Todo era silencioso y oscuro. Era una sensación de terrible soledad, daba la impresión de que la ciudad entera estaba deshabitada. Hasta que en cierto momento comenzaba a sentir una música extraña, viniendo de algún lugar. Me ponía a seguirla, tratando de aguzar el oído, hasta que llegaba a una tienda que ya conocía, porque era donde iba a comprar revistas. La música venía desde adentro, y por las rendijas salía un poco de luz, a pesar de que la tienda parecía estar cerrada. Cuando abría la puerta, me llevaba una gran sorpresa: estaba todo el pueblo dentro de la tienda, en una especie de fiesta secreta, todos hablaban en voz baja y se veían felices.
Con el bar de Babel pasaba algo similar. Abría justo a esa hora en que la gente decide unánimemente que ya ha sido suficiente por hoy. Los acordeones, las risas, los zapateos en el piso de tablas, todo ese bullicio alegre que nunca se detiene y las palabras baratas de la borrachera que son como una tregua para la mente. Recuerdo los primeros días en que nadie se entendía con nadie; estaban todos en su rincón tomando sorbitos en silencio, llenándose los pulmones de tabaco, haciendo como que se distraían pensando en cosas importantes. Poco a poco fueron cayendo los viejos, y, entre vaso y vaso, fuimos levantando esta especie de constructo ecléctico de supersticiones en la que nos movíamos con total libertad, con soberanía; sin darnos cuenta que los cimientos tambaleaban. Mucha luz quema. Apenas se comienza a tantear la fertilidad de los cielos, algo te tira para abajo. Hay que ser bobo para no comprenderlo.
Cuando nos informaron que cerrarían el bar, Don Peteco, el dueño, organizó una despedida muy emotiva. En la barra estaba la mujer gorda, bebiendo pisco sour. Era uno de los atractivos del bar. La gente decía que cuando estaba ebria te contaba la historia más triste del mundo. Al final de la noche la busqué para que me la contara, pero ya se había ido. Y el guapo de Rubio se había enamorado de ella, algo que para el resto de los parroquianos era un pecado. Ese día terminó borracho sobre una mesa, alegando que ella era la madre de todos los que frecuentaban el bar y que nadie se había dado cuenta. Entre Luchito y Jiménez lo calmaron; yo me quedé pensando en su comentario. Después nos despedimos de don peteco y su familia, y nos fuimos ebrios por la avenida, todos abrazados y tambaleándonos, cantando el himno de los viejos independentistas del bar, viendo como en la ciudad amanecía poco a poco. El bar de Babel había sido un pestañeo en el tiempo, tan fugaz que no habíamos alcanzado a aferrarnos a él.
Antes que todo comenzara y después que todo terminara, la mujer gorda estaría allí.


-La dignidad de los hombres no cede ante la grandeza de los dioses- Fausto.

che-sito

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