1.12.08

yo soy la morsa

cuando abrí los ojos, hace unos momentos, me abrazó la carnalidad colectiva de todos los que estaban alrededor mío, bailando a convulsiones desenfrenadas, sacudiendo el enorme salón, llevando sus mentes catatónicas hasta puntos nunca antes vistos.

Eran como bestias sedientas que querían comerse las unas a las otras, con sus garras se hacían pedazos el ego y a nadie le importaba, se sacaban la piel con los dientes, se tragaban sus propias lenguas hasta que las carcajadas ahogaban sus voces.

En medio del holocausto se perdieron los ojos de una moza que eran como una marea de vino caliente corriendo por tus venas. Por suerte entras justo a tiempo y la resaca te lleva lejos de la costa. El juego comienza como una carga de melancolía desprovista de tiempo, todos miran las estrellas sintiendo melancolía por el presente, por sus cuerpos calcinados.

Nos reunimos todos en círculo, dejando un gran espacio al medio, al frente tuyo está la moza con los ojos febriles, sedientos, incendiarios. A uno de nosotros le llega el turno; un espasmo le recorre los brazos, su cuerpo entero se enerva desde la cabeza hasta los pies "yo soy la morsa! yo soy la morsa! yo soy la morsa!" grita descontroladamente y salta hacia el centro del círculo, danzando ridículamente, "el es la morsa!" gritan los demás "el es la morsa!" gritan y ríen, mirándose entre ellos. La danza llega a su punto álgido. El maestro se adelanta y lo baña en bencina. Le prende fuego y el imbécil sigue danzando, atragantándose con sus carcajadas hasta que se transforma en cenizas. De inmediato le llega el turno a otro. "Es la morsa! Es la morsa", se pone a saltar en una pata, nos ofrece sú último espectáculo, nos ofrenda su cuerpo hasta que las llamas terminan de consumirlo. Luego le toca a otro y a otro. Tarde o temprano le tocara a uno, todos lo saben; en sus puestos esperan inquietos a que sus cuerpos dejen de ser suyos y se sumen a la gran danza incendiaria, por última vez.

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