Mirando como se desprenden del aire los gritos que hace tres mil años nadie escuchó a las puertas de Troya, ni nadie emitió en la orilla del Sena. ¿Y esos aqueos cuyo nombre no llegó a los oídos fantásmicos fantásticos fantasiosos de los niños? ¿Y esos aqueos que no alcanzaron a ver a Aquileo corriendo por las playas? ¿Y esos inútiles aqueos que cuidaban a las esposas y las violaban y las devoraban y las aban? Nada más para los aqueos ni para el pequeñísimo mayordomo pigmeo que creo que le llevaba el desayuno con pan rancio a Napoleón varado en el Cairo, nada para el Mameluco que asesinó el primer francés ni nada para el indio, Dios lo tenga en lugar de honor, que tuvo la estúpida osadía de ser el primer anónimo anoréxico testigo que descubrió a Colón como un puntito color nieve en una casa que era como tres árboles y unas cruces rojas y más encima sobre el agua. Nada para nadie. Y por eso, justamente, morimos de hambre; porque los héroes son pocos, son malditos, y son poco malditos.
¿Dónde busco la curva del tiempo que deja ocultos los epítetos que merecen tu y mi madre? ¿Dónde se pudre el minutero y fermente en cerveza sin alcohol? ¿Dónde respira agonizante la muerte, donde toma su whiskey bourbon de camellos? La gente se sube al sol sin pagar pasaje, insulta al conductor y se baja al mediodía. Yo hago lo mismo pero me bajo más cerca del mar, y entonces los monstruos. Yo hago lo mismo pero es porque decidí que la Luna es mucho hoyo y poco espíritu. Me gustan las cosas completas, ¿sabes?, yo no. Anoche miré, a propósito, la luna, y no estaba. Recordando entonces las mentiras vi como las cartas de algodón eran repetidísimas liturgias y apurados desayunos. No me gustaría morir hoy día, pensaba, y era como no saber cuando me parió la puta madre. ¿Y si me engañó, y yo no he nacido todavía? Por eso los gritos aqueos, quizás mañana salga de un útero podrido de sífilis y Peleo me nombre Aquiles. O Aquiles me nombre Rómulo y se sepa toda la verdad.
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