Vamos a hablar, no callemos más nuestras palabras, de verdad ha llegado la hora, el minuto, el momento.
Las sonrisas no son necesarias para comprender esta llana realidad. Nuestra vida es una novela también, solo que nadie se ha dado la paja de escribirla.
No hay nada que el humano nos pueda decir que no provenga de su propia experiencia en la tierra, de su propia vida.
Por lo tanto tenemos que aprender a aceptar el hecho de que si bien hay gente que es conocida por muchos y que ha significado un gran aporte a la humanidad, esas personas solo dieron a la humanidad lo que su paso por la tierra significó.
Por citar algunos: Freud, Darwin, Kant. Ellos no plantearon lo que significó
Es por eso que cada uno de nosotros tiene la misma posibilidad que tuvieron al momento de comenzar: Marx, Sartre, Breton, Levi-Strauss, incluso Nietzsche o el mismo Aristóteles de significar un hito en la historia de la existencia humana debido a que todos ellos en algún momento fueron jóvenes como nosotros que simplemente tenían dudas e ideas. Ellos no plantearon la genialidad de una vez por todas, sus obras les llevaron toda una vida (y es que les costo toda la vida el tener que aprenderlas), es por eso que no podemos darnos el lujo de decirle a quienes nos rodean “quién eres tú para decir eso?!” Y negarles a los demás la única instancia que tienen para hacer algo por y para la humanidad, que es su vida.
La vida es la única oportunidad que tenemos para tocar la vida de los demás, para llegar a ser un Mozart o un Bethoveen, la única oportunidad que tenemos para llegar a ser como ellos, es la vida, y debemos admitir además que otras personas también pueden llegar a ser tan grandes o más grandes que Mozart o Bethoveen, y por ende más que nosotros mismos y eso no significa que seamos mejores o peores que ellos, porque al final fuimos:
1) Los que tuvieron la oportunidad de ser grandes y lo fueron.
2) Los que vieron la oportunidad de otros y vieron lo grandes que fueron, y los disfrutaron al máximo.
Tal es la calma que podemos llegar a sentir cuando nos damos cuenta de que no se necesita ser ni Mozart ni Bethoveen para disfrutar con la música que ellos tocaban.
Que en cada nota que Romanov soltaba de sus dedos, nosotros éramos el instante inmediato, el que crea el sonido, la división del silencio.
Así que, puedes quedarte escuchando o creando, you choose.
No hay comentarios:
Publicar un comentario