En el verano de 1966 vivíamos en el 1064 de Pedro Aguirre Cerda con mis hermanos mayores y la finada de mi madre. Mi papá no estaba nunca en casa, pero vivía con nosotros. Mis hermanos, que salían de madrugada a vender piñones al centro, llegaron un día con una perra huacha, quiltra y chiquitita. Le pusimos fani. Desde el día que llegó a la casa, a la fani la quisimos todos. Es que ella era tan humana. A veces mi madre se estaba quejando de hambre en la cocina y, ahora que lo pienso, creo que la fani la escuchaba. Porque un día había un viejo ahumando cabezas de chancho arriba en la población y de repente la fani que desaparece y aparece al rato con una cabeza en las fauces, corriendo desesperada por las calles de tierra y mi madre saltando de alegría nos miraba y se reía y nos miraba y se reía. Y mi hermano Checho era otra cosa. A veces volvía acabronado, tirándose las mechas de rabia, -¡No sé qué chucha tengo!, decía y se frotaba la cara, roja de sudor. Y ahí estaba mi hermano Coche, que con toda su calma, sin apartar la mirada de dondequiera que la tuviera puesta, le diría, cantadito -Chupa sal… Pero Chechito no chupaba sal, era tan chucheta el pendejo, y casi todas las noches salía a mandarle. Y mi madre, que siempre le adivinaba las andanzas, toda la noche junto a la ventana la pobre. Era cosa de tiempo que apareciera Chechito enchuchado, gritando borracho “¡Los conchesumadres me quieren matar!” y se ponía a buscar en todos los cajones de la cocina, pero mi madre ya había escondido todos los cuchillos. A veces no volvía y mi madre sabía que andaba peleando por ahí. Mi madre no dormía y yo tampoco. A veces la acompañaba. La fani se ponía a ladrar como condenada y había que abrirle para que saliera. Y desaparecía en la noche por las calles llenas de mugre de la Pedro Aguirre Cerda. Si volvía con la chaqueta de Chechito en el hocico significaba que andaba peleando por ahí. Y partíamos todos detrás de la perra a buscarlo. Mi hermano Coche con la lámpara de aceite y una cara de sueño pesado, mi madre y yo, todos detrás de la fani. Cuántas veces habrá pasado eso, ya no recuerdo. Pero fueron muchas. Con el tiempo la fani envejeció. Ahí si que pasaba casi todo el día echada en la puerta de la cocina, acompañando a mi madre que tejía y tejía, toda la tarde. Mis hermanos un día, que volvían de vender piñones en el centro, llegaron con un perro nuevo. Era un perro policial, medio pastor alemán, bien grande, que nos gustó a todos desde el momento en que la trajeron a la casa. Estábamos tan felices con el perro, pasábamos todo el día jugando con él, arrojándole cosas para que las trajera y sacándolo a pasear por la población. Al mismo tiempo, mi madre había comenzado a trabajar de nana puertas adentro en un caserón en las afueras de la ciudad, y no la veíamos en toda la semana. No nos dimos ni cuenta que la fany caminaba con una languidez tan grande hacia la cocina a sentarse bajo la silla de mi madre, para levantarse casi de inmediato y volver a echarse en el patio.
-Está enferma –dijo Coche un día, pero nos dimos cuenta que sólo estaba vieja.
Así ocurrió un sábado, cuando mi madre ya había vuelto a casa y se encontraba tejiendo tranquilamente en la cocina, que la fani apareció con un paso lento y vacilante. Había pasado toda la tarde echada en el patio, sin moverse siquiera para espantar las moscas. Se dejó caer al lado de ella y entonces ocurrió. Pareció suspirar largamente y luego dijo, prolongadamente: “¡Ay, mamá!”. Entonces murió. Todos quedamos paralizados. Después fuimos a verla, justo en la puerta de la cocina, ahí estaba tirada. Mis hermanos estaban callados, mi madre se había sacado los lentes para llorar y yo igual hubiera llorado, si después de todo, ella era tan humana.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario