I
No se puede culpar a nadie por esto. Quiero creer que hasta aquí todos ustedes han actuado inconscientemente, como solemos actuar, obedeciendo a una especie de gran aparato invisible que suele parecernos absurdo. Después de todo, nos sabemos ajenos a este lugar. Queremos aferrarnos desesperadamente a algo en esta especie de caída desenfrenada que se oculta tras el disfraz silencioso y quieto de la cotidianidad. Y, sin embargo, hay tantas personas que nunca se llegan a dar cuenta de ello. Es como si la existencia fuera una gran membrana, un instante con miles de partículas sumergiéndose en una sustancia para llegar al otro lado, en un instinto por alcanzar algo. Y hay personas que sencillamente fluyen a través de ella, casi sin abrir los ojos, con una permeabilidad tan impresionante, y así de fácil y rápido, sin darse cuenta, llegan al otro lado. Pero no hay nada al otro lado. Y en este momento tengo tanto miedo de sumergirme, no se por qué. Como si hubiera alternativas. La euforia siempre es pasajera, el mundo como una prolongación de nosotros mismos, podemos echarnos tranquilamente y descansar sobre la realidad. Es como estar cerca de todo, querer abrazar algo verdadero para no sentir que te estás yendo, pisar tierra firme, tragar la brisa de los innumerables caminos, sentir el roce de un cuerpo, un contacto, algo… y rápidamente la euforia degenera en hastío, pusilanimidad, hasta llegar finalmente a esa desesperación sigilosa que pulula en la cotidianidad y que tarde o temprano se hace insoportable. Es un ciclo eterno. En un momento te sientes tan bien, como satisfecho de haber nacido, y de golpe dejas de estar así, como si una mano desconocida te hubiera arrancado del sueño eterno de algún útero primigenio. Y no sabes por qué estas temblando en un baño frío y sucio, lleno de vómito, con la chaqueta empapada de humo de cigarrillo, en el fondo de la tierra, como queriendo que venga alguien a abrazarte, pero no, porque ya te alejaste definitivamente, ya has rehusado toda posibilidad de sumergirte en la membrana con los demás, en parte por vergüenza, por orgullo y en parte por miedo. Tu piel comienza a secarse, se ve estéril, está fría, y huraña, prefieres que nadie te toque, prefieres estar sólo, caminar por la ciudad observando a toda esa gente, toda esa vorágine sedienta de carne, de sangre caliente, todo ese aliento colectivo que recorre sus bocas pesadas y somnolientas, y tú sigues convenciéndote de que estás mejor así, lejos de todo eso, despierto en la ciudad dormida, entre la gente que se pierde en sus ensoñaciones de vida, felices, presas de esa inconsciencia que les permite seguir vivos y pensándose despiertos. Y luego ese instante de florecimiento absoluto en el que se abren todas las cosas, en el que se desintegran todas las verdades, tan insignificante en el tiempo y para el mundo, sobretodo para el mundo; ese impulso por alcanzar algo que en algún momento dejamos atrás, la única impronta firmemente estampada en nuestros cuerpos, un estallido incontrolable de toda la sangre en un frenesí de pétalos y colores, y el viento que nos embriaga de polen y los muslos de la primavera, con sus caricias lentas, cabellos que se desenredan ingenuos en tardes ensoñadas que nunca volvemos a encontrar, esta sensación de no estar aquí, de haber logrado despertar, contemplar la membrana, la deriva que nos lleva a la nada, y, misteriosamente, sentirse bien, volviendo por un camino que parecía perdido, con un cigarrillo en la boca, con una sensación que anda dando vueltas, tan fuerte que te golpean las sienes, queriendo sonreír, observando a toda esa gente, pero sin querer convencerte de nada más ya.
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