13.10.08

Yahvé

Más de dos mil años de humillación pública han sido el castigo de Edipo por el pecado de follar con su madre. De la misma manera, aun se recuerda al espartano traidor que permitió la victoria Persa en Termópilas. Ieyasu Tokugawa triunfó en la batalla de Sekihagara comprando a parte del ejército enemigo, y esa traición opaca la habilidad de los generales vencedores. Otro tanto sucede en América, donde la extinción de los Aztecas no es fruto del poderío militar de Cortés, sino de la deslealtad del resto de los pueblos sometidos. Históricamente, el incesto y la traición han obtenido el sitial del máximo pecado, siendo la única excepción Alejandro VI, que se absolvió a si mismo asesinando florentinos. En la guerra la madre es reemplazada por la patria, y la patria se folla traicionándola, entregándola desnuda al enemigo.

Los psicólogos plantean que todo hombre pasa por un proceso, durante la pubertad, en el cual intenta forzosamente dejar el nido, o más bien romper los lazos de dependencia que lo unen a la madre. Así mismo, suele experimentar deseos de rebelarse contra el orden establecido, y esto se expresa sobre todo mediante un discurso de desarraigo al territorio. En la mayoría de los casos, este proceso es pasajero, y de hecho resulta necesario para la maduración social y afectiva del hombre; pero en algunas ocasiones, el proceso es truncado y se provocan ciertas disfunciones. Una de ellas (en el caso de la madre) es el incesto. Su homóloga en la relación con la patria, es la traición.

            La madre es, sin duda, el primer y último refugio frente a la perspectiva de afrontar la tormenta del tiempo. Si bien es dura, curtida en el carácter por los años, es también la amazona que se destroza frente a nosotros para protegernos, y la que nos recibe con órdenes y consejos que otorgan la seguridad del apadrinado. Es la madre, y por extensión la patria, la que nos cubrirá y tomará venganza cuando llegue el momento. La patria se defenderá y nos defenderá frente a los monstruos que amenazan las fronteras con armas y cañones. La única y radical diferencia es que la patria no nos engendra a nosotros como la madre biológica, sino que somos parte de ella; junto a millones de hijos más, fabricamos una madre de mentira, un refugio plástico que cumple la función de un útero gigante. La traición a la patria no solo es un pecado por incestuosa, es también la violación a una creación colectiva que trasciende de padres a hijos durante siglos, es transformarla en la gran ramera Babilonia que será castigada al fin de los tiempos. En otras palabras, es condenarla al fuego fatuo de un castigo inmerecido.

            La diferencia fundamental entre el traidor y Edipo es que, mientras el griego desconoce la existencia de su pecado y reniega de él arrancándose, paradójicamente, los ojos que lo ciegan; el otro desea prostituir a la madre, y lo hace con una máscara de falso hijo pródigo. El rey de Tebas asesina a su padre obligado por la falta de este. El traidor clava un puñal en un parricidio múltiple, y al mismo tiempo se regocija y celebra la victoria no de él, sino de un segundo padre o, más bien, de una segunda madre.

            Y curiosamente, es un traidor el hombre más importante de los últimos dos milenios. Judas vendió a su pueblo al condenarlo por incrédulo. Cuando el Iscariote entregó a Cristo, dejó en manos de los habitantes de Jerusalén no sólo el destino de su maestro, sino el de la raza entera. El mayor incesto patrimonial de la historia del hombre lo causó, como Edipo, un sujeto obligado por Dios. El beso de Judas no señala a aquel que se nombra Mesías, más bien remueve la piedra que sostiene la cultura semita. Judas fue escogido para reivindicar al traidor, pero Constantino sepultó el intento con una nueva traición: dictó en Milán y prostituyó su Júpiter, cambiándolo por un Jehová misericordioso.

            Misericordioso, por supuesto, con los Traidores.

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