1.1.09

Espía Soviético VIII - Nadie como Nadia.

Cuando Pachito despertó, no estaba en su departamento. Sintió desconcierto por un momento, hasta que un par de ojos verdes lo miraron desde la puerta y los recuerdos de la noche anterior se abalanzaron atropellándolo. Corrió los ojos, sobresaltado, y abrió la boca para decir una estupidez.
- Eres un imbécil- le dijo Nadia sin esperar -Podrían habernos matado a los dos.
- Eeeh...
- ¿Que te dio la idea de llevar a Vaima a verme? ¿Acaso tu crees que NADIE sabe que estás aca?
El dolor de cabeza no lo dejaba pensar. Por otra parte, estaba en el departamento de Nadia, que al margen de la misión era una cuestión bastante interesante. Definitivamente, no puedo pensar. Intentó hacer un rápido recuento de lo que había sucedido. Había escuchado los balazos y había corrido hacia detrás del escenario. Antes de que pudiese hacer nada una mano suave y enérgica lo había metido a un camerino lleno de plumas y pezones y gritos, y vio a Nadia que se vestía rápidamente y lo arrastraba por una puerta hacia el callejón. Habían agarrado un taxi hacia el otro lado de la ciudad y él se desmayó poco después de entrar al edificio. Definitivamente, si soy un imbécil.
- Definitivamente, sí soy un imbécil - le dijo a Nadia en voz alta. - Lo siento, pensé que las cosas saldrían de otra manera. - ¿Como mierda dije eso? Maldita absenta.
- Nevermind. Alguien se llevó a Vaima, y esperemos que lo hayan matado. Ya no podrás volver a tu departamento, hay que contactar a alguno de los demás para que recoja tus cosas.
- Necesito llamar a Moscú - dijo Pachito, aun aturdido por el absenta.
- Claro que necesitas llamar a Moscú. Pero no puedes. Aquí estamos solos. Los demás llegarán en una hora para discutir que hacer con Friedman. Estamos en peligro, ¿entiendes?-suspiró resignada y agregó: -Ven a comer algo.

Pachito comió las mejores pastas que había probado desde su infancia en Santiago. Y ahí estaba, jugando a los espías y enamorándose de una mujer de la cual no sabía ni siquiera su verdadero nombre, mientras la CIA los buscaba por Chicago y Milton Friedman seguía caminando. Definitivamente, sí soy un imbécil. Pero sólo podía sentirse feliz. Conversó y rió toda la hora que esperaron con Nadia, hasta que tocaron la puerta con apremio, y cuatro preocupadas caras eslavas inundaron el ambiente, haciéndolo sentir pequeño, muy pequeño.

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Esto, ya estaba bueno de las vacaciones de la KGB.

Feliz año comuneros.

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