15.3.09

cuento de filosofia

un cuento de hace tiempo cuando iba en el colegio. Lo tuvimos q escribir con unos amigos pal profesor de filosofia que era algo asi como un megafilantropo que luchaba contra su desengaño. Y claro, los personajes tenian que representar las ideas de Aquino, sartre, nietzche y otros locos, asi que se cachan los parches a la fuerza que hay en algunos lados-

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Celebración solemne en Re mayor, movimiento 23

1
Es tarde ya, sólo unos minutos más y Alicia va a salir del baño para ir al living y sintonizar alguna estación de radio en el equipo, lenta, casi taciturna Luego se sentará en el sillón de cuero junto a la ventana y se levantará de inmediato, no pensará en nada más que en su propio reflejo y en las aceitunas, el whisky sobre la mesa, los embutidos, los maníes y de nuevo en las aceitunas. Y, como si no lloviera todas las tardes, me dirá que fume bajo las canaletas y no en la cocina, para que cuando entre, ella me diga que soy bajo y que estoy gordo y mojado, y que el bigote no me queda bien, tampoco los lentes.

Entré por la puerta de atrás y ella igual me estaba esperando ahí. Abrió la boca como para decirme algo, pero justo en ese momento sonó el timbre, escalofriante, importado desde alguna disquería interestelar y que a mi me parece como el orgasmo de una mantis religiosa. Ella corre a abrir y entonces diviso a los primeros invitados bajo el umbral, esa pareja grandiosa que predice calamidades en las bolsas de comercio, licenciado Ibáñez, bastón y sombrero de copa, vejiga del siglo veinte y su elegante chaqueta de prepucio de elefante, nada especial al lado de Filipa, que, gracias a Dios, no goza de ninguna característica que quiera describir. Estudiamos filosofía juntos.
-Amigo mío, te saludo con mi cordialidad de domingos. — dirá el licenciado. Y lo dice. Luego ríe sonoramente junto a Filipa.
-Estoy aplicando el teatro de lo absurdo que fuimos a ver ayer querida
-Lo haces muy bien, querido.

Suena el timbre una vez más ¡Abre querido! Está sonando el timbre, ¡abre querido! Claro que abro, se siente un gran clamor al otro lado, como esos tumultos tan característicos de las metrópolis agonizantes. De la nada, entra tío Godines, un hombre bajo y muy saltarín. Detrás de el vienen todos los grumetes de la goleta Hache y su capitán con cien barbas blancas de mares tempestuosos. Bienvenidos. Bienvenido el joven poeta Rubidio, que aún sigue cazando estrofas en mundos lejanos, y también bienvenidas las dos parejas de baile que vienen del lejano mundo de las tortas de matrimonio gigantes. Entren sin temor, amigos, todos son bienvenidos a esta fiesta. Tío Godines es el único que me ofrece su mano. Se la estrecho. Me agrada tío Godines.

2

- ¿Qué por qué estoy ebrio? No, por nada, es que recién vengo llegando de la casa de mi amigo Baco.
- No veo relación entre eso y su ebriedad, tío.
- Sin embargo hay mucha relación, amigo mío. Baco es muy hospitalario con sus huéspedes. Hoy salimos de cacería.
- Sigo sin ver la relación.
- Es que no comprendes muy bien, te gustan demasiado los detalles, ni pareces mi sobrino. A mi me parece evidente que estoy ebrio porque Baco gusto mucho de salir a
cazar con sus amigos a los parques nacionales de Chán. Quizás no sea así, pero ¿qué importa? Estoy ebrio, quizá todo lo que dije son delirios, pero ¿Por qué te preocupas, amigo mío?
No encontré nada que responderle a tío Godines. En realidad, rara vez tengo algo que decir en estas fiestas.
En la azotea las parejas han comenzado a bailar bajo la lluvia. Los marineros cantan ebrios con su capitán y el poeta Rubidio siempre mira al suelo. El licenciado Ibáñez termina con una imitación del último monólogo municipal desatando risas esperpénticas en Alicia y en Filipa. Todo es muy feliz.

- ¿Sigues pensando en lo que te dije, sobrino mío? Ya no es necesario, nunca más. Eres infeliz, precisamente por eso, porque no amas ni siquiera tu deseo más insignificante. ¿Odias a Alicia? Entonces ama tu odio. Ámalo como nunca la amaste a ella y sé indiferente a todo lo que eres, pero nunca a lo que te impulsa.

Sólo atino a mirarlo con ojos comprensivos; siempre me han intimidado esos tipos que hablan con demasiada convicción en lo que dicen. Y tío Godines es uno de ellos. No vale la pena, tío, para mi es absurdo. Odiaría tener que amar, si tengo miedo de sentirme demasiado cerca de cualquier cosa en este mundo. En realidad no vale la pena. De improviso aparece el capitán Hache rompiendo multitudes con su aliento de anclas oxidadas, pailón, tambaleándose con orgullo, como si tuviera muchas razones para hacerlo, razones que nadie conoce.

- Capitan Hache, le presento a mi atormentado sobrino.
El capitán bajó dos semitonos, carraspeó y una vez listo para la ejecución, desató su risa de mil naufragios.
- Estamos mal enfocados, compañero — el capitán siempre hablaba en plural — en mi barco, a los jóvenes atormentados los arrojamos a los tiburones.
- No soy atormentado — le dije. Pensé en decirle algo más, pero luego me arrepentí. En realidad nunca me había considerado atormentado, es más, luego de haber vivido muchos años entre gente como tío Godines y el capitán había llegado a pensar que ellos tenían muchas más razones como para estar atormentados que yo. Incluso podría haber llegado a pensar que era feliz, si hubiera podido definir la felicidad en todas sus dimensiones.
- Es que para mi sobrino el mundo es una especie de Falacia —dijo tío Godines.
- Estamos mal, hijo — dijo el capitán —. Con ira y tragedia he arrancado la virginidad de todos los mares de este mundo, incluso de aquellos que no existen y, por mi parte, yo no creo que el mundo sea una falacia.
- Y no lo es, capitán. Pensaría que nosotros lo somos.
Hubo un largo silencio, solo se oía el tango lejano que cantaban los marineros en la azotea. Ibáñez, cada vez más ebrio pero sin perder su elegancia, bailaba ahora con Alicia y con Filipa. Tuve la sensación de que un extraño desdén se apoderaba de la noche.
Una vez que terminó el tango, nuestra conversación pareció desaparecer de todos los registros. El capitán comenzó un relato sobre varios encuentros con las sirenas hermafroditas de altamar y todos decidieron escucharlo con atención mientras sus marineros actuaban con gran histrionismo todo que describía él. Por un momento tuve deseos de reír.

3

El silencio ya se había prolongado demasiado, era como si repentinamente la eternidad misma hubiera arrollado, iracunda, la azotea. El joven poeta Rubidio estaba sentado junto a mí en un banco de piedra, fumando cigarrillos. Le pedí un cigarrillo y el vaciló durante mucho rato, con la vista perdida en otra dirección muy ajena a lo que para mi significaba este momento. Entonces extrajo de su bolsillo un delicado estuche metálico con grabados de flores y formas indescriptibles que a mi me parecieron muy femeninas. Lo abrió con tanta gracia que incluso llegué a pensar que había pasado días practicando esa maniobra tan común frente a espejos de tiendas y retrovisores de taxista, pero estoy seguro que a él le pareció que era mi maniobra de ensimismamiento ante la suya la que había sido preparada con anticipación, quizá como respuesta a su larga vacilación en el momento en que yo le pedí un cigarrillo. De todos modos, no tiene importancia. Tomé el cigarrillo y fumamos.

-¿Así que profesor de filosofía, eh? —preguntó.
-Sí, profesor de filosofía en la academia “La Colmena” —le respondí yo queriendo ser de utilidad en la conversación.
-Verdaderamente un trabajo para masoquistas. Aún tengo el recuerdo de un espectáculo horripilante, hace muchos años ya, cuando aún era un estudiante. Asistimos a la charla que daba un profesor de filosofía en una especie de coliseo en ruinas. Todo iba muy bien, el profesor hablaba y nosotros dormíamos, cuando de repente desde los profundo de la selva en la que se hallaba el coliseo aparecieron unas bestias rarísimas, casi amorfas, que aullaban con una cólera chorreante de bilis y otras secreciones intestinas. Ante esta visión inexplicable, el desdichado profesor tiró sus papeles y comenzó a correr de las bestias con desesperación. “¡Son las falacias! ¡Me han encontrado! ¡Ayuda!” gritaba el pobre, pero nadie lo escuchaba, porque estábamos todos demasiado sorprendidos como para reaccionar. En fin, no pasaron ni tres segundos y ya sentíamos como la carne envejecida del profesor crujía entre las dentaduras de las denominadas Falacias. Quizá usted piense que es una locura, pero al comienzo a mi me pareció que ese ruido era muy relajante; me recordaba la sabrosa cadencia de los tallarines en el momento en que se les quita el agua. Delicioso.

Supe entonces que Rubidio era un demente. Pero ¿Hasta que punto podía pensar que esa demencia enfermiza no era sino la razón en su forma más pura? Porque después de haber escuchado su relato me parecía que sus palabras estaban cargadas de una razón imponente, una sobredosis de realidad hasta el punto en que esta se vuelve absurda. Rubidio, sin embargo, parecía eternamente absorto en algo, daba la sensación de que hubiera hecho un gran descubrimiento que aún seguía siendo desconocido para todos los demás. Confirmé mi idea casi inmediatamente, en el momento en que, sin explicación alguna, se levantó de su asiento y comenzó a mirar hacia el cielo, riéndose estrepitosamente.

-El mundo es tan divino, amigo mío —dijo sin parar de reír-. Es justamente la miseria, la infelicidad, esa decadencia de todos los días lo que lo hace tan divino. Son cosas que fácilmente podrían llevar a uno al abatimiento más terrible, pero una vez que encuentras el camino no puedes evitar ver la belleza que hay detrás de todo, en cada hombre ebrio en los bancos de la plaza, en cada sanatorio enclaustrado dentro de la locura de sus habitantes o en cada genocidio guerrillero tercermundista. Sólo frente al mundo, me parece que es una belleza sublime el sentirse aferrado a este ordenamiento tan divino de las cosas simples, a este plan superior que a veces es tan difícil de descubrir.

Por un momento pensé que Rubidio estaba borracho, pero luego recordé que la verdad era que estaba loco. Totalmente loco, como un solitario hombre que usa el paraguas para enfrentar el viento. Caminó lentamente hacia el borde del edificio, y por un momento pensé que se iba a arrojar al vacío. Volteó la cabeza para mirarme, la risa no se le había borrado del rostro.

-Por fin lo he descubierto, compañero. Somos náufragos, eso es todo. En algún momento la humanidad entera naufragó y ahora es el amor todo lo que nos queda para hacer frente a este océano interminable de desdén y miseria, de realismo —rió a carcajadas y luego se quedó boquiabierto, observándome-. Amar las cosas, todas las cosas, hasta la más pequeña o la más infame. Y sólo podemos amar lo que se conoce, lo se que conoce, lo que se conoce, lo que se conoce, lo que se conoce....
Rubidio se arrojó al abismo repitiendo estas palabras. Nunca oí el ruido que pudo haber provocado su cuerpo al golpear el suelo, pero me imaginé los tallarines en el momento en el que se les quita el agua. En algo tenía razón el poeta.

4

Era un estruendo fuera de toda posible noción. El mundo entero pareció detenerse en el momento en que todos los invitados observaban con terror como un barco de proporciones gigantescas atracaba junto a la azotea.

-iLa goleta Hache! —vociferó el capitán-. ¡Por fin ha llegado la goleta Hache! ¡Corran!

Espoleados por una súbita alegría, el capitán y todos sus grumetes corrieron hacia a embarcación. Las parejas de baile dejaron de bailar y sonrieron; los caballeros levantaron cortésmente sus sombreros y las damas se inclinaron con delicadeza tomando sus vestidos. Juntos caminaron grácilmente detrás de los grumetes. Cuando el capitán pasó junto a mí me agarró con fuerza del brazo y me arrastró consigo. Alicia parecía confundida, y las muecas absurdas de Filipa parecían un intento vago por acompañarla (o justificarla) en su confusión. Desde la proa vi como tío Godines era recogido por sus cuatro gaviotas de leche y luna menguante, que se lo llevaban quién sabe donde. Desde el aire nos miró con una sonrisa e hizo una señal de despedida con su sombrerito.

-¡Se acaba todo! ¡Se acaba todo! —gritaba eufórico el capitán-. ¡Nos vamos!
-¿Adonde vamos? —pregunté. El capitán me miró con los ojos increíblemente abiertos y los dientes torcidos en una mueca de felicidad idiota. Me tomó bruscamente de los hombros y comenzó a zamarrearme.
-¡Nos vamos! ¡Nos vamos! —volvió a gritar, en coro con sus grumetes. Luego me soltó y se fue saltando por la cubierta. Entonces me acerqué a la barandilla y me apoyé lentamente sobre el frío metal oxidado. Miré a Alicia, la miré durante mucho rato. Busqué señales en su ridícula mueca de colapso, en su cabello ondeando en cámara lenta, en la curva velada de sus senos que tantas veces se habían ahogado en el desenfreno de mis manos juveniles. Alicia seguía siendo la misma de siempre. Entonces la miré por última vez y tuve el feliz remordimiento de no sentir nada.

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