17.3.09

Vuelo 292

Apenas me bajé del bus comencé a buscar los cigarros que acababa de comprar y no los encontré por ningún lado. Revisé mis bolsillos y encontré unas pocas monedas que no alcanzaban ni para comprar una cajetilla pequeña. Me senté un rato y barajé mis opciones. El vuelo salía en dos horas. Me levanté y miré a la gente a mi alrededor: habían dos personas fumando, una señora y un viejo. Les pedí cigarros pero los dos me respondieron que les quedaban muy pocos. Ambos me mostraron sus cajetillas para probarme la veracidad de sus dichos. La adicción llegaba su punto álgido, sin embargo aún conservaba algo de dignidad, por lo menos más de la que nunca podrá llegar a tener Roberto dueñas, quién a propósito estaba delante de mí en la cola del equipaje. “Mira, mira, es Roberto dueñas” le susurré al tipo que estaba al lado mío. “Sí, sí, ¿será el?”, “si, parece que sí. ¡No lo puedo creer! Roberto Dueñas en persona” entre los dos nos encargamos de correr la voz para que a nadie le pasara desapercibido este gran evento que es ver a Roberto Dueñas en el aeropuerto. Bueno después supimos que dueñas en realidad iba para Iquique, así que descarté toda posibilidad de viajar en el mismo avión que Roberto dueñas. No se puede tener todo en la vida. Pero da lo mismo, cuando me deshice del equipaje fui hacia fuera de nuevo y había una señora fumadora que tenía dos cajas de camels sobre la maleta.
-Disculpe, señorita –le pregunté con mi mejor cara-. ¿Me vendería un cigarrillo a cien pesos?
-Venderte no - me contestó- pero si quieres te doy uno
-En serio? Muchas gracias!
-Saca otro si quieres
-En serio?? Muchas gracias!!
Como se quedó mirándome, supuse que tenía que decir algo más, así que agregué:
-Muchas gracias, de verdad- y me fui.

Un rato después cuando estaba abordando el avión, regocijándome con la nicotina que me atravesaba las venas. Roberto dueñas hizo su última aparición, con una mujer hermosísima debajo del brazo, una rubia de cepa argentina, exponente ejemplar de la voluptuosidad televisiva, q’ hijo de puta. Finalmente llegué a mi asiento y analicé a mi compañero de viaje: era un ser bajo, algo ridículo, con sendas entradas en la cabeza y un libro de autoayuda entre las manos. Tenía una sonrisa inamovible dibujada en sus labios; después me di cuenta que nunca pasaba de la página y, es más, tenía los ojos puestos en el libro, pero la mente muy lejos.
El avión se puso en marcha y las azafatas cruzaron el pasillo para hacer entrega del módico servicio de “snack”. Apenas pasó la azafata con su carrito, un hombre grande y gordo se levantó de su asiento y fue hacia mí.
-Oiga –me susurró al oído- ¿Se va a comer su brownie?
-Mmm –pensé dos veces antes de responder-. Creo que no.
-Se lo cambio por mi maní y por mis pastillas de menta. Le doy la bebida si quiere también.
-mm, no lo sé –le respondí, negociando-. El brownie es lo único bueno que dan aquí.
El hombre se comenzó a poner nervioso.
-¿Qué quiere a cambio? –me preguntó.
-Cigarrillos
-Pero… yo no fumo
-Entonces no hay brownie
Vi que el hombre comenzaba a sudar. Por el pasillo avanzaba amenazante una azafata, con toda su perversidad dispuesta a despejar el pasillo de pasajeros problemáticos como el que estaba junto a mí.
-Por favor –me suplicó el hombre-. ¡Por favor déme el brownie!
-¿Qué se lo dé así como si nada? ¿Usted quiere que yo me quede sin brownie ni cigarrillos, totalmente desposeído?
La azafata estaba a sólo unos pasos del hombre ya. La situación se estaba poniendo tensa.
-¡Por favor! ¡Cuando lleguemos al destino le compro todos los cigarros que quiera! ¡Un cartón!
-Podrían ser dos.
-¡Tres cartones! ¡Se lo juro!
-Ahí cambia la cosa –le entregué el brownie justo en el momento en que la azafata lo agarraba de la oreja y lo devolvía a su asiento. Aproveché de pedirle más cerveza y traté de concentrarme en la película. Justo en ese momento advertí que el tipo que iba sentado a mi lado había levantado la vista del libro y me miraba fijamente. Por fin se acercó a mi oído y me susurró:
-En este avión nadie sabe quién soy –y alejó su cabeza sonriendo y asintiendo.
-Eso me parece bien –le respondí-. En este avión nadie sabe quién soy yo tampoco.
-Está bien –dijo, volviendo la vista hacia el suelo- Anda al baño y fíjate lo que hay debajo del lavamanos.
Efectivamente la bomba estaba debajo del lavamanos. Me quedé largo rato observando la bomba, pensando en que hacer. Quedaban ocho minutos para que se detonara. Al final tome la decisión más adecuada: cómo no sabía nada de bombas, fui donde la azafata más cercana y le pregunté si acaso sabía cómo desactivarla. Entró en el baño y examinó la bomba cuidadosamente.
-El cable rojo –dijo después de un rato.
Estaba a punto de cortarlo con los dientes cuando ella me detuvo.
-No! Mejor No! No estoy segura. Preguntémosle al capitán.
Así que partimos a buscarlo a su cabina. Cuando volvimos con el capitán, que era un tipo alto y elegantemente canoso, había un grupo de personas frente al baño, con cara de querer reclamar por algo.
-¿Me pueden decir que significa eso? –exigió una señora de edad apuntando la bomba con el dedo.
-No se preocupe señora –le dijo la azafata-. Vuelva a su asiento y abróchese el cinturón de seguridad.
-¡El cinturón de seguridad! –bramó la vieja- ¡Si esa cosa explota el cinturón de seguridad no me va a ser de gran utilidad! no le parece?
El caballero que iba sentado en el último asiento se levantó y fue hacia nosotros.
-¿Qué está pasando acá? –preguntó con un tono mesiánico que resonó por todo el avión.
Justo cuando la azafata iba a responder, se sintió un ajetreo en los asientos de la fila donde iba yo y al rato apareció el tipo de los brownies levantando a mi compañero de viaje por la parte de atrás de la camisa.
-¡Este hombre fue el que puso una bomba en el avión! –gritó.
Se escuchó un rezongar generalizado a medida que todas las cabezas de los pasajeros se volteaban hacia atrás donde estábamos nosotros.
-¿Qué bonito, no? –lo condenó un sujeto de voz aflautada- ¡Ahora nos vamos a morir todos!
El caos se incrementó a tal grado que ya no se escuchaba nada de lo que decía nadie. Los pasajeros comenzaron a salir de sus asientos y se amontonaron todos en la parte de atrás, frente a la puerta del baño.
-¡Cálmense! –ordenó el capitán-. ¡Cálmense todos!
El bullicio disminuyó.
-¿Hay algún experto en bombas en el vuelo? –preguntó el capitán- O, en su defecto, ¿Algún profesor de física, mecánico, gásfiter o algo así?
Todos en la multitud se miraron entre ellos. Yo miré la bomba y advertí que ya iban quedando sólo cuatro minutos para que explotara.
-Yo soy electricista –dijo un viejo que estaba entre la multitud-. Yo sé de estas cosas, al final todo se rige por la misma ciencia: circuitos, bombas, mujeres...
Algunos de los presentes soltaron algunas carcajadas mientras el electricista avanzaba heroicamente hasta la bomba. Se arremangó, se inclinó sobre la bomba y se puso sus lentes. Observó la bomba durante varios segundos mientras mascullaba algunas cosas ininteligibles. Por fin se levantó y emitió su veredicto:
-Hay que cortar el cable rojo.
-¡No, no lo hagan! –gritó mi compañero de viaje al mismo tiempo que se zafaba de los brazos de su captor y se subía a un asiento para dirigirse a la multitud- ¡El cable rojo es una trampa!
-¡Eso tiene mucho sentido viniendo de quién puso la bomba!
-¡Yo no puse la bomba, carajo! –se defendió el pequeño hombre- Yo recibí un llamado esta mañana en el que me ponían al tanto de que habría una bomba en el vuelo. ¡Estaba cepillándome los dientes! ¿Qué podía hacer? ¡Díganme! ¡Que podía hacer!
Nadie se atrevió a decir nada.
-Eso explica las cosas –reflexionó el capitán. Quedaban tres minutos y cuatro segundos para la explosión. Luego de un rato, el capitán prosiguió- Bueno, si no es el cable rojo el que hay cortar, yo opino que lo sometamos a votación. Quedan tres cables: verde, amarillo y gris. Levanten la mano los que piensan que se debe cortar el cable verde.
El capitán mismo levantó la mano y un par de personas lo imitaron. Mientras la azafata anotaba los resultados en una pizarra, un tipo de lentes y aspecto nervioso pidió la palabra.
-Este…Mi capitán.
-Dígame, compañero.
-Yo creo que la votación debería hacerse en forma secreta.
-¿Y por qué cree eso, compañero?
-Para evitar represalias. Imagínese que uno vota el cable amarillo y efectivamente este resulta elegido. Y luego resulta que al cortarlo, la bomba explota y todos nos morimos. Las víctimas van a querer vengarse y eso va a terminar mal.
El capitán reflexionó un momento.
-Tiene razón nuestro compañero. Mi asistente va a repartir papelitos en los que deben anotar ustedes su preferencia. Por favor voten a conciencia.
Luego del holocausto democrático, la azafata anotó los resultados en la pizarra. Había cuarenta votos verdes, nueve amarillos, veinticuatro grises y sesenta y cuatro votos nulos, algunos de los cuáles eran meros dibujos de aviones en llamas o gente volando en pedacitos. Cómo quedaban sólo dos minutos y, a pesar de algunos reclamos, no podía declararse la victoria del voto nulo como una opción, se decidió que se cortaría el cable verde. Hubo una gran expectación mientras el capitán sacaba su Victorinox y se acercaba a la bomba. Una gota de sudor le recorrió la sien.
-No pasó nada –corroboró un sujeto, luego del silencio álgido que había proseguido al chasquido de las tijeritas.
Efectivamente, el cable verde había sido cortado y, además del grito ahogado de una anciana y el llanto del bebé del asiento 12C, no había ocurrido nada. La bomba seguía cuenta abajo, un minuto treinta y seis, y-cinco, y-cuatro, y-tres, y-dos segundos.
-Bueno, vuestra voluntad se ha cumplido y no nos hemos salvado –se pronunció el capitán, quitándose la gorra y poniéndosela en el pecho-. Creo que ahora sólo nos queda rezar para que Dios se compadezca de nuestras almas.
De inmediato se levantó un gran alboroto en la multitud; había gente llorando y suplicando, gente que se quejaba del pésimo servicio de las aerolíneas, qué por qué no había paracaídas, que cómo podían pasar estas cosas con la tecnología que hay. Había alguien preguntando a gritos si había un cura a bordo e incluso había un grupo de individuos dispuestos a cortar el cable amarillo a la fuerza. Repentinamente, un sonido agudo proveniente de la bomba los hizo callar a todos. Quedaba 1 minuto.
Se oyeron algunos suspiros; algunas personas se sentaron en el suelo y otras agacharon la vista. El tictac de la bomba se oía en todos los rincones del avión, iba de un extremo a otro, rebotando por las paredes, perpetuándose definitivamente en los oídos de todos los pasajeros. Supe que ese era el momento adecuado para hacerlo, más bien, la única oportunidad que se me presentaría en lo poco que me quedaba de vida. Me levanté de mi asiento y todos se volvieron hacia mí:
-Yo también recibí el llamado –confesé-. Yo también sabía lo de la bomba.
Hubo un silencio sobrecogedor, quedaban menos de treinta segundos. El electricista que hace unos minutos había inspeccionado la bomba se levantó del suelo y me observó detenidamente.
-A mi igual me llamaron –dijo, pero nadie se sorprendió. Otra persona se levantó en el otro extremo del avión y se nos unió. Luego otra dijo que todos los que habían recibido el llamado levantaran la mano y levantó su mano. Una anciana levantó temblorosamente la suya desde su asiento. Su marido que estaba junto a ella la levantó también. Una a una las manos levantadas fueron colmando todos los rincones del avión, de cinco manos se había pasado a diecisiete, y ya quedaban sólo doce segundos. Once. Diez. Y las manos que seguían multiplicándose en todos lados: treinta, treinta y dos, treinta y siete, hasta que finalmente perdí la cuenta. Ya eran demasiadas manos y se seguían levantando más. El tictac parecía ir haciéndose cada vez más fuerte- Seis, Cinco- y las manos cada vez más numerosas- Cuatro, Tres, Dos… Entre la multitud distinguí la palma angulosa del capitán perdiéndose en una exuberante vegetación de relojes pulsera, manos y anillos. Tictac. La reacción había sido unánime.

1 comentario:

Moevius dijo...

Increíblemente BUENO. Me recordó una sensación.