Que complicado parecía eso de llegar hasta el final. La acequia que serpenteaba prisionera de las paredes de piedra no quería acabar nunca, y el tiempo se estaba acabando. Las colas de zorro no estorbaban, pero tampoco hacían el camino más fácil, y los veinticinco metro de caída a su derecha se parecían bastante a los ojos de la marihuana. Para aproblemar aún más a Joaquín, mientras se adentraba más en el monte se incrementaba la sensación de estar penetrando en la América virgen, en la que habían conocido un par de exploradores incultos hace cuatrocientos años. No le hubiese parecido extraño encontrarse con la Yakana o el camahueto, pues ya veía abejas azules, saltamontes del tamaño de su pie y avispas cuyo color brillante era semejante al de los neones que había abandonado. Era un paisaje hermoso, se sentía el aroma de la mierda de los zorros y el sonido apresurado de los ratones y liebres corriendo invisibles entre los arbustos. En cualquier otro momento, Joaquín hubiese encendido un cigarro y hubiese pensado sobre aquella mujer que lejos, bien lejos, entregaba sus ojos profundísimos a uno de sus más grandes amigos. Pero no hoy, no hoy, no hoy, no hoy. 'No por ella, tampoco'. Más olor a mierda de zorro. Un par de tiuques revoloteando bien arriba. Joaquín corre lo más rápido que puede. La acequia se mete debajo de la piedra, y el camino se angosta obligándolo a detenerse. Necesita un caballo. Necesita media hora más. Necesita a esa mujer. Quiere desistir. Maldita sea, no sabe que es lo que va a encontrar, no sabe si vale la pena, si ya es demasiado tarde, si los exploradores incultos ya pasaron por ahí y sólo encontrará perros viejos devorándo el cuerpo muerto de la Yakana. O llamitas nuevas jugando a reconstruir las estrellas. 'Ya te pusiste mamón, Joaquín de mierda'. Un cóndor vuela demasiado alto. Una abeja -amarilla, no azul- vuela demasiado bajo, le pega en la cara. Joaquín llega al otro lado del monte. Efectivamente, es demasiado tarde. Un grupo de guanacos traidores escupe con violencia para repeler el último intento de la Yakana por volver. Un grupo de zorrillos intoxica a un niño de doce años. Ocho tortugas golpean a las viejas que cantan y gritan, se retuercen con el orgullo de quien no ha sido pisoteado. Son pisoteadas. Joaquín mira de lejos, triste. El no conoce a las viejas, ni al niño. Tampoco a las tortugas ni a los guanacos, aunque los ha visto de lejos muchas veces.
Lejos, bien lejos, los profundísimos ojos sonríen. Joaquín lo sabe. Es estúpido pensar en eso cuando están pisoteando. Pero no puede hacer otra cosa. Entonces decide no desistir. No conoce a las viejas, ni al niño. Pero si ha visto de lejos muchas veces a las tortugas y a los guanacos, y un amigo le dijo una vez que él, Joaquín Prieto, tenía las rodillas vueltas hacia atrás. Ese mismo amigo es el que hace sonreír a los ojos profundísimos de una mujer, lejos, bien lejos, y quizás tenga razón.
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